miércoles, julio 20, 2005

Entre Azul y Buenas Noches (Narra)

Me encuentro rodeada de gigantes limoneros, de chayoteras equilibristas y una que otra sombrilla de higuera; mi cuerpo como enredadera se abraza a los árboles, mis ojos de viento se van evaporando en el horizonte, caen unas cuantas cenizas de mis manos; mientras el tiempo se detiene, el reloj de arena que caía grano a grano, al ritmo de mis latidos se dispuso a morir.

Observo a mi alrededor, deseando fotografiar en mi cerebro aquellos caleidoscopios solares entre las hojas, creando eclipses multicolores que van explotando en mi alma; el aire baila junto a las hojas, las ramas le sirven de silla a las abejas por si quieren descansar unos segundos; he mirado a las mariposas romper sus capullos y escapar en busca de sus sueños airéales, donde de vez en cuando una flor carnívora de ilusiones las atrapara, quizá que su vida terminará entre las garras de una red, pero sé que las mirare en un instante del tiempo dentro de una burbuja de cristal.

Todo es tan tranquilo que puedo respirar el azul, sentir entre los dedos desnudos al pasto caminando por mis pies; esta vida sabe a tierra mojada, todo es tan ruidosamente pacifico. Es tarde, el sol se va derrite tras la barda y todo comienza a cambiar de color; un cielo acaramelado le ha dado sabor a mis labios; es sacrilegio querer escapar de éste paraíso.

Empiezo a sentir que mis venas echan raíces sobre el pasto y mi cuerpo se va derritiendo en el jardín; el telón de la tarde se cierra en medio de una noche incendiada de azul y negro, parece que durará para siempre, así que mis ojos en flor inician a cerrar su capullo mientras la luna se enciende; las estrellas son luciérnagas que van pintando en el cielo un lluvia estelar.

En mi último suspiro ahogo el aliento, las sombras se alargan, los árboles crecen, en medio de la oscuridad se va borrado mi cuerpo, se comienza a formar un gran de techo de nubes y todo desaparece, queda nada, todo es silencio entre notas de saltamontes, no existe nada, más que un vacuo recuerdo de lo que hace unos instantes miraban mis ojos desnudos.

Escucho a lo lejos el chillido de hojas partidas; mi voz se enmudece y se hunde en mi garganta; mis latidos empiezan a acelerarse, mi piel se eriza, el frío comienza a escalar por mis piernas, me agujera el abdomen, me anuda las tripas; trato de diluirme entre las sombras escurriéndome a gotas, pero todo es inútil, todo es oscuro, todo silencio; mis ojos se abren con tal fuerza que parecen escapar de sus cuencas; los sonidos se vuelven cada vez más penetrante, mi mirada recorre cualquier claro en la oscuridad, pero no encuentro salida, es mi respiración mi única delatora; podría estar en medio de una muerte inoportuna sin saber quién lo hizo, por eso grito desde lo más profundo de mis viseras, pero la flama que encendía el sonido se consumió.

Escucho el rugir de los pasos, uno a uno como se van acercando hacia mí, seguro que alguien acecha en las sombras, puedo mirarlo, puedo sentirlo, hasta puedo escuchar su respiración a mi espalda, esta justamente frente a mis ojos; no puedo gritar, no puedo escapar, siento sus manos apretar mi garganta, el filo de su navaja desgarrando mi vientre, y yo exploto en ese instante; mi sangre brota y corre como río hacía el pasto; mi cuerpo cae como plomo sobre la tierra; pudo sentir el viento resbalando por mis pestañas, me desvanezco, el negro se vuelve gris, todo termina, se acaba el aliento, he muerto, no hay regreso ni salida. De pronto una gota de rocío bordea mis labios y dibuja como en un lienzo mi cuerpo desnudo en el pasto; yo despierto de otro sueño en medio del jardín.

3 comentarios:

Baracunatana dijo...

excelente relato, espero que haya más de estos eh

IGNACIO dijo...

Hoy me encuentro de paseo por tu blog.

Lo hermoso es alegría para siempre:
su encanto se acrecienta y nunca vuelve
a la nada, nos guarda un silencioso
refugio inexpugnable y un reposo
lleno de alientos, sueños, apetitos.
Por eso cada día nos ceñimos
guirnaldas que nos unan a la tierra,
pese a nuestro desánimo y la ausencia
de almas nobles, al día oscurecido,
a todos los impávidos caminos
que recorremos; cierto, pese a esto,
alguna forma hermosa quita el velo
de nuestro temple oscuro: talla luna,
el sol, los árboles que dan penumbra
al ganado, o tales los narcisos
con su universo húmedo o los ríos
que construyen su fresco entablamento
contra el ardiente estío; o el helecho
rociado con aroma de las rosas.

(John Keats)

Anónimo dijo...

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